Interesante cruce de opiniones acerca de qué es o deja de ser el stand up en su versión “argentina” (si es que hay una versión argentina del stand up) se dió en la Revista Playboy. Reproducimos en primer lugar la nota de Augusto Tartúfoli, más conocido como “Tartu”.

STAND UP ARGENTO: Restos de un género muerto

Por Augusto Tartúfoli. Periodista. Secretario de redacción de la revista Pronto y panelista de “Am” y “Pm”.

El público argentino es el más fácil del mundo. Por ejemplo, si hoy en Twitter se agita la llegada de The Bolshoi, 25 years later, la gente que pague su entrada va a salir diciendo: “Uh, qué genial ‘Sunday morning’, uhh, uhh, ‘Sunday morning’”. En consecuencia, el theater-goer argie se rinde una vez que pagó la entrada. Eso permite que Buenos Aires tenga una concentraciónde actividad teatral tan alta como la de  cirujanos plásticos en el corredor Barrio Norte-San Isidro. Y la nueva estrella en el circuito es el stand up, un formato que murió en los Estados Unidos y cuyos resto llegaron a la Argentina. 

Pero, ¿qué es el stand up argento? Un micrófono que en algún momento acopla, una sala oscura que revienta con… qué sé yo… 150 personas y un comediante sin sentido del humor que habla de sí mismo y de todo lo que le sale mal, que es lo que nos sale mal a todos. En lugar de abrevar en la tradición del monólogo argentino de revista con exponentes como Pepe Arias, Dringue Farías o Verdaguer, el standupero local hace copy and paste de bromas que baja de jokedigest.com, si es que no se las usó todas Roberto Pettinato. Así, se deja todo contexto político y  social a un lado y se habla al ombligo de gente que tiene la panza llena. Entonces un trip al supermercado a comprar papel higiénico se transforma en una estúpida observación antropológica con aires de generalización  acerca de los hombres y las mujeres. “Los hombres doblan el papel antes de limpiarse la cola y las minas hacen un bollito” les parece  una revelación bíblica a las comediantes argies cuando podrían hacer bromas de los puticlubs de Zaffaroni o las vacaciones eternas de Macri. Pero no les da el cuero.

Por eso los chicos ven “Toy story” 70 veces: porque saben lo que va a pasar. Y esa es la crítica mayor al stand up made in Argentina: el contrato no incluye provocación, discurso crudo, mirada política. Más bien los excluye. Prefierenavegar blandamente por las  diferencias de género y la autodegradación sin ofender a nadie.

Los standuperos argies salen de caza con un anotador (Moleskine si son consagrados, Éxito si recién empiezan) y recogen todo lo que les parece gracioso. Con un auditorio en mente, claro: los 150 plateístas que pagaron la entrada yque se van a reír y a festejar cuando desde el escenario se les diga:  “No los estoy haciendo reír, ¿no? Es que tengo hemorroides. O dolor de muelas. O espasmos en la espalda. O mi novia se cayó en un pozo ciego… Gracias, Vicentico, me salvaste el remate”.

Creer que hay una movida stand up es exagerar la nota. Es como hablar de los fanáticos de teatro del absurdo porque hay 150 limados que siguen cada puesta de (Eugène) Ionesco que se monte. Lo que sucede con el género en versión argentina es que sus celebrities generan following. Entonces hay una complicidad tal entre fans y comediantes quedesde  el escenario les dicen: “Gracias a ustedes que dejan $ 100 para que yo cambie el deck de la pileta de Ayres del Pilar. Pero les aviso que voy por la venecita, así que, desde septiembre, el nuevo show vale $ 150 y más vale quevengan con un amigo”. Y los adolescentes (en  sus dos formas, teen y tardíos) festejan casi haciendo mosh.

Es que en la escena stand up argentina se recrea una paradoja. Quizás, el standupero ha leído Bola de cebo, de Guy de Maupassant, pero su público hardcore quiere que le digan que las mujeres manejan mal y que a los tipos les gusta un pete mientras miran fútbol. Es la famosa paradoja Natalia Oreiro,  que escucha a Janis Joplin, se caracteriza como Betty Page y sus fans son nenas de 9 años que cantan “Tuve tu veneno, tuve tu amor y también tu fuego”. Entonces todo se transforma en una relación especular  entre emisor y receptor, de modo tal que cualquiera que está sentado en las butacas puede subir, hacer un open mike y decir, más o menos, las mismas cosas que dice un standupero. El tema lo estudió, en serio, el filósofo italiano Umberto Galimberti (el Galimberti bueno) que dice que hoypor hoy cualquiera puede ser presentador  de noticias en la tele, porque lo que dice Santo Biasatti o Guillermo Andino es lo mismo que podría decir cualquier vecino indignado de Caballito. No hay abstracción ni editorialización: sólo hay repetición de lo que se ve. Que para las psiquis aniñadas es un seguro contra todo riesgo. Es la razón por la que los chicos ven Toy story 70 veces: porque saben lo que va a pasar. Y esa es la crítica mayor al stand up made in Argentina: el contrato no incluye provocación, discurso crudo, mirada política. Más bien los excluye. Prefiere navegar blandamente por las diferencias de género y la autodegradación sin ofender a nadie.

Ya lo dijo (Gilles) Deleuze, queridos standuperos, la creación no es el asunto de uno, no es contar mi tristeza por la tía que se murió, es hablar por los otros y para los otros. Y en el stand up argie de sí mismos. Y para sí mismos.

Obviamente, desde este humilde lugar, disentimos. Y vos, ¿qué opinás?

Fuente: Revista Playboy Argentina