La escuela es uno de los principales escenarios por los que atravesamos. Con más o menos traumas todos salimos de allí con un sentido de pertenencia grupal. Porque todos fuimos en boca de algún maestro “el curso más revoltoso del colegio”, he aquí: categoría de compañeros de escuela.

El anoréxico: este era el que siempre que tomaban prueba, decía que le había ido como el culo y después cuando entregaban las notas, se sacaba un nueve. Examen tras examen, al ver la nota, seguía poniendo la misma cara de sorpresa tipo el elenco de Farsantes después del décimo Martín Fierro.

El Ricardo Darín en Nueve Reinas: este era el que no podía parar de copiarse. Machetes milimétricos, tinta invisible, doble hoja. Toda una industria al servicio del machete.

[quote_box_right]Mientras que la mayoría de las chicas del grado estábamos más cerca de seguir pegando stickers de felpa en un álbum que una toallita en una bombacha, ella ya tenía que lidear con los cambios en su cuerpo y por sobre todo, con la mirada de los compañeritos que la observaban como si fueran homo sapiens entrando en un Mac Store.[/quote_box_right]

El Turbio: este era el que en las pruebas se quería copiar e intentaba comprometerte en el ilícito. Entonces en el medio del silencio escuchabas una voz que desde el banco de atrás, te susurraba: “Faistman, Faistman. Pasame la uno”. La situación era estresante. Yo me imaginaba que apenas le pasara una respuesta, iba a sonar la sirena de un patrullero así que la salida era hacerme la boluda hasta que se diera por vencido. Después de unos minutos  se escuchaba nuevamente el susurro pero hacía otra dirección: “Mansuetti Mansuetti… pasame la uno”.

El Arnaldo André en Amo y Señor: este era el pibe que cuando gustaba de una chica del grado, lo manifestaba a los bifes: le tiraba del pelo, le pateaba la mochila, la tironeaba del guardapolvo. En su imaginario de G.I. Joe era la manera en que ella se daría cuenta de sus sentimientos.

La Grecia Colmenares: esta era la que por alguna razón siempre terminaba llorando.

Trapito: este es el que siempre estaba con el guardapolvo desalineado. O le faltaba un botón o tenía el bolsillo descosido o llevaba bordado el apellido de otra persona. Como que el pibe rescataba los guardapolvos del ejército de salvación.

El Sopapita: este era el delincuente juvenil. El pibe estaba a un pelín del instituto de menores, pero mientras tanto los padres lo depositaban en la escuela para que descargue la violencia con otros niños.

El “León Gieco”: lo elegían para todos los actos.

El Nicolás Cabré: el que siempre se ponía de novio con alguna nena y el noviazgo duraba menos que un repuesto de hojas Gloria.

La Coca Sarli: esta era la que se desarrollaba antes que todas. Mientras que la mayoría de las chicas del grado estábamos más cerca de seguir pegando stickers de felpa en un álbum que una toallita en una bombacha, ella ya tenía que lidear con los cambios en su cuerpo y por sobre todo, con la mirada de los compañeritos que la observaban como si fueran homo sapiens entrando en un Mac Store.

El “Andrés Ciro Martinez”: era conocido por los piojos. Estos eran los casos de pediculosis crónica. Si te tocaba formar fila atrás de este chico, podías ver como los piojos prácticamente estaban fundando una nación arriba de la cabeza del pibe. Era fácilmente detectable en el aula, porque se rascaba la cabeza con todos los útiles de la cartuchera.

El periodista deportivo: este era al que le gustaba poner apodos. Si no era por alto, era por petiso, sino por gordo, sino por cabezón, sino por  narigón y sino, le encontraba alguna vuelta de rosca al apellido.

El moroso incobrable: este era el que siempre pedía hojas prestadas, lapiceras “demás” y nunca jamás las devolvía.

El/La Gerardo Sofovich en Los Ocho Escalones: estos eran los que siempre sabían todo lo que preguntaba la maestra.

El Splinter: este el rata. El típico que volvía del recreo con los bolsillos rebosantes de golosinas, pero que pocas veces convidaba. Y en el caso de que te llegara a convidar él mismo cortaba la ración de turrón que te correspondería o la típica: te ofrecía para morder pero te ponía los dedos para que no te lleves un pedazo grande.

El Ricky Ricón: este era el que tenía lo último. De repente caía con la cartuchera inteligente o unas lapiceras fluor con brillantina o con unas zapatillas con luces que su papá le trajo de Estados Unidos. En los recreos, pasábamos horas contemplando sus chucherías. Todos imaginábamos que en su casa había toboganes en el living y un ascensor que iba del baño a la cocina.

11.6.2014
 

Author: Luciana Faistman

Comediante. Virginiana. Trabaja en oficina y tiene un cadete a cargo. Empezó a hacer stand up en el año 2008, de la mano de Fernando Sanjiao. Participó del primer stand up femenino de Bendita TV, formó parte de dos ediciones del Festival Ciudad Emergente y fue elegida por Mario Pergolini para el ciclo de stand up en el Teatro Vorterix. Tiene apellido de superhéroe.

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