Martínez de Hoz se refirió a la política económica del menemato como la concreción del proyecto económico iniciado con la dictadura militar en 1976. Las consecuencias del neoliberalismo en el campo de la cultura fueron las mismas que la represión y las prohibiciones del autoritarismo. La devastación, fruto de la crisis, cerró locales. A esto se sumó la absorción de los artistas de los espacios alternativos a la maquinaria televisiva y el desembarco de los marines culturales con la masificación del consumo de la televisión por cable en los hogares (el que no pudo pagarlo, halló la forma de obtenerlo por otros medios, llámese conexiones clandestinas, un acto de justicia).

La simiente del café Einstein en los primeros 80, multiplicada, en democracia, en espacios como el Parakultural, Medio Mundo Varieté, La Verdulería, El Pozo Voluptuoso, El Bululú, Liberarte, Babilonia (algunos también venían funcionando en la dictadura) marcó una época de riqueza de experiencias artísticas que iban desde la performance, el clawn, la impro, el monólogo humorístico hasta el rock con distintos resultados. La convivencia de diferentes expresiones en los mismos espacios también traía una comunicación de los artistas que daba por resultado la posibilidad de un intercambio enriquecedor a la diversidad de propuestas.

La primera vez que vi un cómico de stand up fue en plena dictadura, en el teatro Los Altos de San Telmo. Era Lenny Bruce y lo representaba Robertino Granados. La obra se llamaba “Lenny Blues” y lo acompañaban Silvia Folgar y Alejo Barilari. La puesta en escena era de Emilio Del Guercio y la música de Luis Alberto Spinetta y Pedro Aznar. En el programa también decía que el vestuario era de Little Stone, la casa donde se vestían los rockeros de clase media más o menos cómoda.

El personaje era un tipo de quien nunca había oído hablar (mucho después vi la película de Dustin Hoffman) y hacía monólogos con crítica social. Me impactó.

El segundo cómico que vi haciendo stand up fue en el cine Gaumont y era Woody Allen en una película donde se lo veía monologar en un miting político. También se quejaba porque debía hacerlo después de un comediante que arrancaba carcajadas en la platea.

Pasó mucho tiempo en el medio hasta conocer a Carlos Guarnerio, en la redacción de la Satiricón de la segunda época. Pasó menos tiempo para sentir que ese tipo que hablaba pausado y repentizaba one lines permanentemente iba a ser para mí un maestro en el género y una gran influencia. A Guarnerio lo vi hacer monólogos por primera vez en el Pozo Voluptuoso junto a Roberto Molinari “Molo”. En ese entonces, yo comenzaba a transitar el humor gráfico como dibujante y como guionista, a veces, dibujaba chistes con textos de Carlos que publicábamos en Sex Humor y en otras revistas.

Carlos escribía permanentemente y tenía mucha precisión para “tirar” el material arriba del escenario. Cuando lo iba a ver al Bululú, solía quedarme a escuchar monologar a Hugo Fili con José Luis Alfonso o también, el unipersonal de Roberto Molinari, “Solo Molo” y a Sergio Prieto “Cherca”.

No se hablaba de stand up aún. Las influencias nuestras eran más locales que extranjeras. Enrique Pinti y Tato Bores eran los monologuistas políticos. Absolutamente libre por los permisos del medio teatral, Pinti y con las limitaciones discursivas de la televisión, Tato Bores. El timming de Tato era perfecto. Tenía el uso de las pausas que solo consigue quien monologó en teatro y entiende del intercambio con el público.

Por intermedio de Guarnerio lo conocí a Tuqui. Paréntesis: corría el año 93 y nos encontrábamos en el living de su casa ideando el número 0 de un suplemento de humor para La Razón que nunca vio la luz. En un momento, le pregunté “¿Vos no estabas en Gessel, en el 82, actuando en Vinicius?” “Sí” –me contestó– Cantaba canciones de Silvio Rodríguez y contaba chistes.” Lo había visto en una varieté y era impresionante el carisma que tenía.

Carlos Guarnerio tuvo mucha generosidad con muchos de los que empezábamos a hacer humor y a actuar. Algunos lo recordamos agradecidos.

Vuelvo al stand up o los monólogos de humor o cómo se le quiera decir. Alguien de quien solíamos hablar entre colegas e iniciados era de Bob Hope. Lo conocíamos porque era una estrella del cine de Hollywood y un comediante genial. Además era monologuista y también famoso por actuar para las tropas en los conflictos bélicos de los estadounidenses. Durante la guerra de Vietnam, él iba a entretener a las tropas americanas y la hermosa Jane Fonda (entonces afiliada al Partido Comunista), a las del Viet Cong (quizás éste sea otro de los motivos por los cuales, a los yanquis, les fue cómo les fue en esa guerra, no se).

En su biografía de Woody Allen, Eric Lax menciona a Bob Hope como un artista a quien aquel admiraba muchísimo. Allen se refiere a él y destaca el ritmo, el timming que tenía cuando hacía stand up.

Los comienzos del stand up, en la escena under, se nutren también con los monologuistas del teatro de revistas. El capocómico tenía su momento donde hacía el monólogo central. También estaban los teloneros que eran los tipos que salían a actuar delante del telón, mientras se realizaban los cambios de escenografía. El monólogo político era muy importante y aquí me vienen a la memoria los recuerdos de Pepe Arias, ferviente antiperonista que, además, imitaba a Perón en sus rutinas según me cuenta Juan Acosta.

En los 80 y los 90 estaban también el mismo Juan, Atilio Veronelli, Cutuli, Jorge Sassi, Parrilla y muchos otros que, entre otras cosas, hacían sus monólogos a público y sin cuarta pared con los recursos del stand up.

El café concert de los 60  trajo también aires nuevos al género. Los nombres que me surgen sin recurrir al Sr. Google son los de Gasalla, Perciavalle, Edda Díaz, Geno Díaz y Cecilia Rosetto. Obviamente es una lista injusta.

A principios de los 90 se estrenó en cine “El cómico de la familia” con Billy Cristal. La película cuenta la historia de un comediante judío que hace stand up y llega a tener su propio show de televisión, su apogeo, su decadencia y las relaciones familiares. Hay allí un cameo de Jerry Lewis haciendo de sí mismo y manteniendo un duelo verbal imperdible en el otoño de los dos cómicos.

También en esta década, llega “Seinfeld”, la sit com. Creo que no necesito extenderme sobre cómo influyó.

En 2001 me convocaron de Promofilm para integrar el equipo de guionistas de “El Club de la Comedia”, un formato español donde, actores y figuras conocidas hacían monólogos de stand up. Todavía no se lo presentaba al género con este nombre. Allí debuté en cámaras con un texto propio. Tengo entendido que el programa aún se emite en España con cambios respecto del formato original.

No puedo precisar bien quién presentó primero un show como espectáculo de stand up propiamente dicho en Buenos Aires. En una charla de camarines con Alejandro Angelini llegamos más o menos a hacerlo. Sí, diría que fueron él y Diego Wainstein quienes lo plantearon con sistematización rigurosa e impronta americana (del norte).

Eu de los “Ñaca Ñaca”, me contó que una noche le dijo a Diego Wainstein “El 2003 va a ser el año del humor.” “Yo quiero que sea el año del stand up.” –le contestó Diego.

Ignoro si los fundamentalismos de cierta ortodoxia también fueron promovidos por ellos o por sus alumnos. Desde entonces (ahora ya menos) escuché muchas discusiones sobre quién hacía y quién no hacía stand up según los cánones que esa religión establecía (en algunas, el sujeto de debate me enteré que era yo). Lo demás, es el diario del día.

Buenas noches. Muchas gracias.

8.1.2014
 

Author: Legal

Legal trabajó como actor, monologuista, guionista y dibujante en teatro, radio, gráfica y televisión.

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